Mujeres y sirenas.
Cristina Jarque
Veo en la película Blue My Mind (Filmin 2017) dirigida por Lisa Brühlmann una metáfora sobre los estragos psíquicos que acompañan el paso de la adolescencia a la adultez. La protagonista, Mia, vive una transformación corporal y emocional que escapa a toda explicación racional: su cuerpo comienza a mutar lentamente hasta revelar su naturaleza de sirena. La metamorfosis funciona como una imagen brutal del despertar psíquico. La clínica psicoanalítica es testigo de que, en ocasiones, la adolescencia aparece como un territorio de desgarro donde el cuerpo deja de obedecer al orden infantil y se vuelve extraño, excesivo, incluso monstruoso. Mia ya no reconoce su propio reflejo; algo en ella insiste, se impone, crece desde lo más profundo. Esa irrupción recuerda la frase de Freud: “El yo no es dueño en su propia casa”. El sujeto descubre entonces que hay fuerzas inconscientes que lo atraviesan y lo arrastran hacia un destino inconsciente, que el sujeto no ha elegido. En esta historia, la transformación en sirena simboliza ese momento en que la vida obliga a abandonar las seguridades de la infancia. La adolescente debe separarse de los padres, pero también de ciertos amigos y de las identificaciones que hasta entonces le daban consistencia. El mundo familiar, con sus reglas y su protección, comienza a quedar atrás, pero esas pérdidas causan dolor. Es el dolor de crecer. La película muestra una despedida silenciosa: la de la niña que ya no puede seguir siendo. Como ocurre en todo proceso de crecimiento, el sujeto debe afrontar esas pérdidas. Dejar la orilla conocida para entrar en aguas más profundas. Mia, convertida en criatura del mar, encarna esa verdad inquietante: crecer implica aceptar la mutación, la soledad y el riesgo. Cada adulto, tarde o temprano, debe emprender ese viaje hacia su propio destino.

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