Un recuerdo de infancia en poesía y verdad. (Más uno (+1) Cristina Jarque).

 

La próxima semana.
LaTE. Psicoanálisis en Toledo. (15/04). Texto: Un recuerdo de infancia en poesía y verdad. Interviene Susana Alcalá.
Platos por la ventana.
Cristina Jarque
En 1917, Sigmund Freud publica el breve ensayo Un recuerdo de infancia en Poesía y verdad, un texto donde el psicoanálisis se aproxima a la autobiografía de Johann Wolfgang von Goethe para interrogar la naturaleza misma del recuerdo infantil. Freud parte de una escena narrada por el poeta en su autobiografía (el momento en que, siendo niño, arroja platos por la ventana de la casa familiar) y se pregunta si ese recuerdo pertenece verdaderamente a la memoria o si es una construcción posterior, moldeada por el deseo y por la narración. El interés de Freud no es histórico sino psíquico. El recuerdo infantil aparece como una formación de compromiso: algo que conserva un fragmento de verdad, pero transformado por el trabajo de la memoria y por los fantasmas del sujeto. Así, lo que parece una simple anécdota doméstica se revela como una escena donde se juegan el deseo de transgresión, la relación con la autoridad paterna y el placer infantil en la destrucción. En este texto, Freud muestra que la memoria no es un archivo fiel del pasado, sino una elaboración. Entre poesía y verdad (como sugiere el propio título de Goethe) el recuerdo se sitúa en una zona intermedia donde la vida psíquica reorganiza la experiencia para hacerla narrable. De este modo, la autobiografía se convierte también en una forma de ficción necesaria: una manera de dar forma al enigma de la infancia.
 

 

Mujeres y sirenas (por Cristina Jarque).

 

Mujeres y sirenas.
Cristina Jarque
Veo en la película Blue My Mind (Filmin 2017) dirigida por Lisa Brühlmann una metáfora sobre los estragos psíquicos que acompañan el paso de la adolescencia a la adultez. La protagonista, Mia, vive una transformación corporal y emocional que escapa a toda explicación racional: su cuerpo comienza a mutar lentamente hasta revelar su naturaleza de sirena. La metamorfosis funciona como una imagen brutal del despertar psíquico. La clínica psicoanalítica es testigo de que, en ocasiones, la adolescencia aparece como un territorio de desgarro donde el cuerpo deja de obedecer al orden infantil y se vuelve extraño, excesivo, incluso monstruoso. Mia ya no reconoce su propio reflejo; algo en ella insiste, se impone, crece desde lo más profundo. Esa irrupción recuerda la frase de Freud: “El yo no es dueño en su propia casa”. El sujeto descubre entonces que hay fuerzas inconscientes que lo atraviesan y lo arrastran hacia un destino inconsciente, que el sujeto no ha elegido. En esta historia, la transformación en sirena simboliza ese momento en que la vida obliga a abandonar las seguridades de la infancia. La adolescente debe separarse de los padres, pero también de ciertos amigos y de las identificaciones que hasta entonces le daban consistencia. El mundo familiar, con sus reglas y su protección, comienza a quedar atrás, pero esas pérdidas causan dolor. Es el dolor de crecer. La película muestra una despedida silenciosa: la de la niña que ya no puede seguir siendo. Como ocurre en todo proceso de crecimiento, el sujeto debe afrontar esas pérdidas. Dejar la orilla conocida para entrar en aguas más profundas. Mia, convertida en criatura del mar, encarna esa verdad inquietante: crecer implica aceptar la mutación, la soledad y el riesgo. Cada adulto, tarde o temprano, debe emprender ese viaje hacia su propio destino.
 

 

Adelantadas a su tiempo (por Cristina Jarque).

 

Adelantadas a su tiempo.
Cristina Jarque
La serie Srta. Playmen (Netflix) rescata la figura de Adelina (una mujer que supo leer su tiempo y, al mismo tiempo, desafiarlo) al fundar una revista erótica destinada a los hombres que terminó convirtiéndose, paradójicamente, en un espacio donde el deseo femenino comenzó a encontrar palabras. En un contexto profundamente conservador, donde el cuerpo de la mujer estaba vigilado por la moral, la religión y la ley, Adelina introdujo temas que hasta entonces permanecían en el silencio: la violencia machista, las violaciones, la aparición de la píldora anticonceptiva, la homosexualidad y, sobre todo, la pregunta inquietante por el deseo sexual de las mujeres. ¿Tenemos las mujeres el derecho de desear, o experimentar deseo sexual nos convierte en putas? Preguntas fuertes para esa época... ¿O incluso para esta? Playmen era una revista destinada a alimentar la fantasía sexual masculina, pero se convirtió en un lugar de fisura dentro del discurso dominante. En sus páginas comenzó a insinuarse una verdad atrevida: que las mujeres no eran únicamente objeto del deseo, sino también sujetos deseantes. La revista abría una grieta en el imaginario patriarcal al mostrar que el erotismo no pertenecía exclusivamente a los hombres y que el placer femenino no podía seguir siendo relegado al secreto o a la vergüenza. De algún modo, Adelina hizo visible algo que el psicoanálisis había señalado décadas antes. Como escribió Freud: "La vida sexual de la mujer adulta es un “continente oscuro” para la psicología". Lo que la revista intentó hacer fue precisamente iluminar ese continente: nombrar lo que no podía decirse, mostrar lo que debía permanecer oculto y dar forma pública a un deseo que durante siglos había sido silenciado. La historia que narra la serie no es sólo la de una publicación provocadora, sino la de una mujer que comprendió que hablar de erotismo era también una forma de intervenir en la política del cuerpo y del lenguaje. Porque cuando el deseo femenino comienza a nombrarse, el orden que lo había mantenido callado empieza inevitablemente a resquebrajarse.
 

 

El deseo de ser otra (por Cristina Jarque).

 

El deseo de ser otra.
Cristina Jarque
La película chilena El lugar de la otra, dirigida por Maite Alberdi (Netflix 2024) está basada en un hecho real: el asesinato que cometió María Carolina Geel. Estamos ante la construcción de la figura del “fantasma de la otra mujer”. En este caso, no es solo la rival, sino una posibilidad reprimida del propio ser femenino. La otra no está fuera, más bien, habita en la grieta íntima de la subjetividad, como doble, como deseo no reconocido, como vida no vivida, como búsqueda de la libertad. La causa del asesinato nunca se resolvió. Quedó como un enigma: ¿Fue un crimen pasional, un gesto de apropiación radical? Freud, al reflexionar sobre la agresividad en la feminidad, señala: “La mujer, en ciertas condiciones, puede volverse tan cruel como el hombre, pero su crueldad se inscribe más profundamente en la vida amorosa”. Esa crueldad no es exterior: es íntima, silenciosa, ligada al amor, a la identificación y a la pérdida. Recordemos que para la posición femenina la angustia de castración es la pérdida del amor. Lo más perturbador es que tanto la asesina como la secretaria encuentran, paradójicamente, un espacio de libertad. La primera, en el encierro del manicomio, se desprende del orden social que la oprimía y accede a una forma radical de existencia propia. Allí escribe su libro cárcel de mujeres. La secretaria, en el apartamento de la asesina, ocupa ese lugar vacío y comienza a hacer fotografía, poco a poco, como en un tratamiento psicoanalítico, ella empieza a devenir otra. Surge la creación: una nace en la locura, la otra en la usurpación. La película sugiere que el lugar de la otra, en este caso, se habita como un espectro, como una fisura desde donde, surge la voz de una mujer que antes del suceso, era invisible.
 

 

Complicado pero no imposible (por Cristina Jarque).

 

Complicado pero no imposible.
Cristina Jarque
Ayer he vuelto a ver El secreto de sus ojos (Netflix) dirigida por Campanella (2009). Es de esas historias que no nos cansamos de ver pirque cada vez, aprendemos algo nuevo que pid3mos introducir en nuestras propias experiencias. Benjamín Espósito aprende a leer lo que no se dice: la verdad que habita en una mirada. En una simple fotografía, descubre en el asesino algo que lo delata más que cualquier prueba: una mirada de deseo obsesivo, fija, imposible de disimular. Más tarde, en contraste, reconoce en el marido de la víctima otra forma de mirar: una mirada de amor infinito, herido pero fiel, que persiste incluso en la ausencia. Un amor que narra tanto que es inolvidable. Esas miradas lo confrontan consigo mismo. Porque en otra foto, casi sin querer, Benjamín se ve reflejado: su propia mirada dirigida a Irene dice lo que él nunca se atreve a pronunciar. Amor contenido, postergado, silenciado por el miedo. Él cree que ella es inalcanzable. Pero ella corre en el andén cuando el tren parte, como si el cuerpo intentara alcanzar lo que las palabras no dijeron a tiempo. Pero él no se anima. Y así, la vida pasa entre lo que pudo ser y no fue. Al final, Benjamín comprende algo esencial: el amor, como esas miradas, siempre encuentra la forma de decirse. Puede ser complicado, sí, lleno rodeos, silencios y pérdidas… pero, felizmente en su caso, no fue imposible. 



Lo que Maite no cede (por Cristina Jarque).

 

Lo que Maite no cede.
Cristina Jarque
En Los Domingos, me sobrecoge la angustia del personaje de Maite ante la decisión de su sobrina de ingresar en un convento. ¿Por qué surgen emociones tan complejas en esa tía? ¿Por qué no respeta el deseo de Ainara? Parece que hay algo más íntimo, más opaco: una herida que no pertenece del todo a Ainara, sino a la propia Maite. El que Ainara elija la vida religiosa confronta a la tía con una forma radical de renuncia. No es solo el abandono del mundo, sino el rechazo de sus promesas: el deseo, el amor, incluso la posibilidad de una reparación simbólica del dolor vivido. Maite parece percibir, quizá sin poder formularlo, que esa decisión clausura toda expectativa de transformación. Como si la entrada al convento fijara el sufrimiento en un destino, en lugar de abrirlo a la contingencia de la vida. Pero lo que yo percibo, es que lo que intensifica su angustia es, sobre todo, la posición del padre de Ainara (hermano de Mayte) que parece vivir la decisión como un alivio, como quien se quita un peso de encima. Allí donde Maite ve pérdida, él encuentra descanso. Este contraste es insoportable porque revela una grieta en la economía afectiva familiar: lo que para uno es carga, para otro es desprendimiento. Maite queda atrapada en una posición casi culpable, como si su resistencia a la decisión de Ainara la enfrentara a una pregunta silenciosa: ¿por qué ella no puede “soltar”? Freud escribe en “Duelo y melancolía” que “la sombra del objeto cae sobre el yo”. En este caso, podría decirse que Ainara proyecta su sombra sobre Mayte. La elección de la sobrina reactiva en la tía un conflicto no resuelto con la pérdida, con el sacrificio, con aquello que no pudo o no quiso abandonar en su propia vida. No es solo Ainara quien se va: es también una parte de Maite la que se ve empujada hacia ese espacio de silencio y clausura. La angustia no es únicamente por la sobrina, sino por lo que en ella se juega como espejo: la imposibilidad de aceptar que, para algunos, la renuncia puede vivirse como salvación, mientras que para otros no es más que otra forma de sufrir. Ainara apaciguó su dolor en el convento; pero para Maite, ese dolor insiste, no se apacigua, no encuentra forma de terminar. Para Maite el dolor no cede.
 

 

Hacer lo correcto (por Cristina Jarque).

Hacer lo correcto.
Cristina Jarque
Niños de plomo (dirigida por un equipo de investigación documental, 2023) es una serie basada en un caso real, en Polonia, que expone las devastadoras consecuencias del envenenamiento por plomo en comunidades vulnerables. En el corazón del relato emerge la figura de una mujer, la doctora Jolanta, cuya historia avala el compromiso ético del que habla Lacan: no ceder en el deseo. La doctora insiste en nombrar lo que otros prefieren silenciar. Esta mujer logra una sororidad nacida del dolor compartido, del cuerpo de sus hijos como campo de batalla. La serie muestra cómo, en medio de la negligencia y la indiferencia, estas mujeres logran sostenerse unas a otras, transformando la fragilidad en fuerza colectiva. No obstante lo ganado, la historia de Jolanta nos hace ver que el precio del deseo siempre es alto. Ella se convierte en chivo expiatorio: la cambian de trabajo y le niegan el reconocimiento de su tesis doctoral. Nombra el envenenamiento e insiste en establecer la relación entre el deterioro de los cuerpos infantiles y la contaminación, pero el sistema responde con una operación de descrédito. Su palabra es puesta en duda, su ética es sospechada, su insistencia es leída como exceso. La serie deja ver cómo, en esa trama de poder, la verdad necesita un cuerpo que cargue con ella. Y ese cuerpo, en este caso, es el de ella, porque el sistema logra desplazarla, silenciarla y degradarla. No obstante, algo de esa verdad ya no puede ser retirado. Hacer lo correcto, desde el psicoanálisis, no garantiza justicia, pero permite que el sujeto pueda seguir viviendo con la decisión tomada.


 

 

La madre invasiva (por Cristina Jarque).

 

La madre invasiva.
Cristina Jarque
La película Hortense de 2018 (Filmin) se inscribe en la tradición del cine francés que explora el lado oscuro del vínculo materno. La madre aparece como una figura invasiva, incapaz de reconocer a la hija como sujeto. La hija vive bajo la mirada constante de una madre que controla, corrige y decide. No es cuidado, sino dominio; no es amor, sino una forma de goce que necesita de la dependencia del otro. En mi libro La madre estrago hay una frase interesante: "La madre que no soporta la falta convierte al hijo en objeto de su propia completud". Esta frase atraviesa toda la película. La madre no tolera la separación, y en ese intento de abolirla, borra progresivamente a la hija. En esta historia hay una escena traumática en la piscina que es el origen del problema de esta madre estrago. Ese instante introduce lo real de la pérdida. A partir de ahí, la culpa no se elabora, sino que devora. La madre queda fijada a ese momento, repitiéndolo sin cesar, incapaz de simbolizar lo que pasó. La hija persiste como presencia fantasmática, como reproche imposible de acallar. La locura es la radicalización de esa imposibilidad de separación. La historia de Hortense muestra que cuando la madre no puede admitir la alteridad del hijo, el vínculo se vuelve mortífero, y la culpa encierra al sujeto en una repetición sin salida.
 

 

La herida de ser negado (por Cristina Jarque).

 

La herida de ser negado.
Cristina Jarque
¿Ha sentido usted que alguien lo ha negado? ¿Se ha sentido usted traicionado? Sabemos que Pedro niega a Cristo tres veces antes del canto del gallo. Esta escena, tan potente en el imaginario colectivo, nos habla de una estructura psíquica profundamente humana: la defensa frente a lo insoportable. Desde el psicoanálisis, la negación (Verneinung) es una forma de rechazo que permite al sujeto mantener una verdad a distancia, decirla sin asumirla. Pedro niega por miedo, por conveniencia, por desesperación. Pero en esa negación también traiciona, porque al rechazar su lazo con el otro, se abandona a sí mismo. Cuando alguien niega un vínculo significativo para preservar su imagen, su lugar o su conveniencia, entra en una lógica de hipocresía: pretende ser leal consigo mismo, pero se traiciona.Y del otro lado… ¿qué ocurre con quien ha sido negado? Queda la humillación, esa herida narcisista que desgarra. Ser borrado, silenciado, reducido a nada, despojado, duele más que el abandono. El deseo de venganza surge como intento de restaurar el narcisismo herido, como respuesta a la injusticia simbólica de haber sido desmentido. Sin embargo, si ese deseo se actúa, el sujeto queda atrapado en la repetición trágica: quien fue negado puede terminar “crucificado” si responde desde el odio o la venganza.
El psicoanálisis nos enseña que la salida está en tramitar el dolor. Se trata de simbolizar lo que se ha roto, de nombrar la herida sin quedarse fijado en ella. Superar la negación no es olvidar, sino subjetivar. Cuando uno comprende que el acto del otro habla más de su miedo que de nuestra valía, aparece una forma de liberación. No es perdón, es elaboración. Hay alternativas para quienes no creen en el perdón, sobre todo en estos tiempos donde todas las terapias hablan de perdonar, sin darse cuenta de que en algunos casos, no es una opción. Pero hay que encontrar otra salida, porque no hay peor traición que dejarse atrapar por la lógica del rencor. El despojado merece más, mucho más. Merece no quedar atrapado en la escena del agravio. Merece restituir su dignidad sin repetir la herida. Porque incluso en el abismo de la negación, hay una grieta por donde puede colarse la palabra. Y es allí donde empieza el trabajo psíquico: en transformar la falta en relato, la rabia en elaboración, el silencio en lenguaje. Quien ha sido negado puede elegir no responder desde la herida abierta, sino desde el lugar de quien ya no necesita ser reconocido por quien lo borró. No para olvidar, sino para no quedar fijado al dolor. Porque a veces la verdadera libertad no es ser amado, sino no necesitar ya esa mirada. Y en ese gesto, silencioso pero firme, se abre la posibilidad de una nueva escena. Una donde no hay traidores ni crucificados, sino sujetos que, pese al desgarro, han encontrado una forma de seguir deseando.
 

 

Goce mudo (por Cristina Jarque).

 

Goce mudo
Cristina Jarque
Dans ma peau (dir. Marina de Van, 2002) presenta la historia de una mujer aparentemente feliz (con pareja, trabajo y belleza) cuya vida parece encajar perfectamente en el ideal social, pero se precipita sin causa aparente hacia la automutilación tras una herida en la pierna. Ese accidente funciona como revelación: el cuerpo, hasta entonces transparente, deviene objeto de extrañeza. Algo se desanuda. La protagonista inicia una relación extraña con su cuerpo, lo mira, lo explora, lo abre. Se instala una escisión: disociación entre sujeto y carne, entre imagen social y experiencia íntima. ¿Por que se automutila? Desde una lectura psicoanalítica, podría pensarse que no es que “algo pasó” en el presente, sino que algo que no estaba simbolizado retorna en lo real. El accidente rompe la ilusión de unidad narcisista: la piel (límite) se abre, y con ella emerge una pulsión que no encuentra inscripción simbólica. No hay relato, no hay trauma consciente, pero sí un goce que invade el cuerpo. La automutilación aparece como búsqueda de algo. En un mundo demasiado “correcto”, el cuerpo deviene el último territorio de lo real, de lo no domesticado. Por eso la pulsión no calma: se intensifica, como una adicción. No hay límite, el goce mortífero se instala y deviene devoración. Es una forma extrema de incorporación, devorarse a sí misma. No se trata de sobrevivir, sino de habitar la propia carne hasta su destrucción. El retorno de lo real es una irrupción sin sentido, sin nombre, sin historia. Algo que estaba fuera de discurso y que, de pronto, encuentra en el cuerpo un modo de decirse.
 

 

Quemar la traición (por Cristina Jarque).


 
Quemar la traición.
Cristina Jarque
Las tradiciones no son casuales. Nacen de deseos colectivos, a veces inconfesables. Son pulsiones ancestrales: quemar la traición. Todos hemos tenido una. El fuego limpia lo que duele y no se olvida. Esta noche, en Toledo, queman a los Judas. Han dejado un carro con leña junto al Tajo. El río, testigo de todo, verá otra vez ese juicio antiguo. Judas no murió por castigo divino, sino por la culpa. Así caen muchos traidores: no por justicia externa, sino por algo que los devora desde dentro. Hay una justicia íntima, inconsciente, que no falla. La traición duele más cuando viene de cerca. De quienes compartieron risas, infancia, sangre. No siempre vemos el castigo, pero sabemos que existe: en la noche, en silencio, frente a sí mismos. Esta noche no arderá solo Judas. Arderán también esos otros, los que traicionan bajo el disfraz del amor. Mirar arder la pira es catártico. Siento que algo en mi interior también arde.