La herida de ser negado (por Cristina Jarque).

 

La herida de ser negado.
Cristina Jarque
¿Ha sentido usted que alguien lo ha negado? ¿Se ha sentido usted traicionado? Sabemos que Pedro niega a Cristo tres veces antes del canto del gallo. Esta escena, tan potente en el imaginario colectivo, nos habla de una estructura psíquica profundamente humana: la defensa frente a lo insoportable. Desde el psicoanálisis, la negación (Verneinung) es una forma de rechazo que permite al sujeto mantener una verdad a distancia, decirla sin asumirla. Pedro niega por miedo, por conveniencia, por desesperación. Pero en esa negación también traiciona, porque al rechazar su lazo con el otro, se abandona a sí mismo. Cuando alguien niega un vínculo significativo para preservar su imagen, su lugar o su conveniencia, entra en una lógica de hipocresía: pretende ser leal consigo mismo, pero se traiciona.Y del otro lado… ¿qué ocurre con quien ha sido negado? Queda la humillación, esa herida narcisista que desgarra. Ser borrado, silenciado, reducido a nada, despojado, duele más que el abandono. El deseo de venganza surge como intento de restaurar el narcisismo herido, como respuesta a la injusticia simbólica de haber sido desmentido. Sin embargo, si ese deseo se actúa, el sujeto queda atrapado en la repetición trágica: quien fue negado puede terminar “crucificado” si responde desde el odio o la venganza.
El psicoanálisis nos enseña que la salida está en tramitar el dolor. Se trata de simbolizar lo que se ha roto, de nombrar la herida sin quedarse fijado en ella. Superar la negación no es olvidar, sino subjetivar. Cuando uno comprende que el acto del otro habla más de su miedo que de nuestra valía, aparece una forma de liberación. No es perdón, es elaboración. Hay alternativas para quienes no creen en el perdón, sobre todo en estos tiempos donde todas las terapias hablan de perdonar, sin darse cuenta de que en algunos casos, no es una opción. Pero hay que encontrar otra salida, porque no hay peor traición que dejarse atrapar por la lógica del rencor. El despojado merece más, mucho más. Merece no quedar atrapado en la escena del agravio. Merece restituir su dignidad sin repetir la herida. Porque incluso en el abismo de la negación, hay una grieta por donde puede colarse la palabra. Y es allí donde empieza el trabajo psíquico: en transformar la falta en relato, la rabia en elaboración, el silencio en lenguaje. Quien ha sido negado puede elegir no responder desde la herida abierta, sino desde el lugar de quien ya no necesita ser reconocido por quien lo borró. No para olvidar, sino para no quedar fijado al dolor. Porque a veces la verdadera libertad no es ser amado, sino no necesitar ya esa mirada. Y en ese gesto, silencioso pero firme, se abre la posibilidad de una nueva escena. Una donde no hay traidores ni crucificados, sino sujetos que, pese al desgarro, han encontrado una forma de seguir deseando.
 

 

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