Lo que Maite no cede.
Cristina Jarque
En Los Domingos, me sobrecoge la angustia del personaje de Maite ante la decisión de su sobrina de ingresar en un convento. ¿Por qué surgen emociones tan complejas en esa tía? ¿Por qué no respeta el deseo de Ainara? Parece que hay algo más íntimo, más opaco: una herida que no pertenece del todo a Ainara, sino a la propia Maite. El que Ainara elija la vida religiosa confronta a la tía con una forma radical de renuncia. No es solo el abandono del mundo, sino el rechazo de sus promesas: el deseo, el amor, incluso la posibilidad de una reparación simbólica del dolor vivido. Maite parece percibir, quizá sin poder formularlo, que esa decisión clausura toda expectativa de transformación. Como si la entrada al convento fijara el sufrimiento en un destino, en lugar de abrirlo a la contingencia de la vida. Pero lo que yo percibo, es que lo que intensifica su angustia es, sobre todo, la posición del padre de Ainara (hermano de Mayte) que parece vivir la decisión como un alivio, como quien se quita un peso de encima. Allí donde Maite ve pérdida, él encuentra descanso. Este contraste es insoportable porque revela una grieta en la economía afectiva familiar: lo que para uno es carga, para otro es desprendimiento. Maite queda atrapada en una posición casi culpable, como si su resistencia a la decisión de Ainara la enfrentara a una pregunta silenciosa: ¿por qué ella no puede “soltar”? Freud escribe en “Duelo y melancolía” que “la sombra del objeto cae sobre el yo”. En este caso, podría decirse que Ainara proyecta su sombra sobre Mayte. La elección de la sobrina reactiva en la tía un conflicto no resuelto con la pérdida, con el sacrificio, con aquello que no pudo o no quiso abandonar en su propia vida. No es solo Ainara quien se va: es también una parte de Maite la que se ve empujada hacia ese espacio de silencio y clausura. La angustia no es únicamente por la sobrina, sino por lo que en ella se juega como espejo: la imposibilidad de aceptar que, para algunos, la renuncia puede vivirse como salvación, mientras que para otros no es más que otra forma de sufrir. Ainara apaciguó su dolor en el convento; pero para Maite, ese dolor insiste, no se apacigua, no encuentra forma de terminar. Para Maite el dolor no cede.

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