Suicidio y acoso escolar
Cristina Jarque
En España el suicidio es la segunda causa de muerte en menores. Desde la clínica podemos pensarlo como un acto límite, allí donde el sujeto niño o adolescente queda sin palabras, sin inscripción simbólica posible para aquello que lo invade. El acoso escolar como un dispositivo de devastación subjetiva que perfora los puntos más frágiles de la constitución psíquica. El niño se constituye en el deseo del Otro. Necesita ser mirado, nombrado, reconocido. Cuando en el espacio escolar (que debería funcionar como extensión del lazo social) el niño es reducido a objeto de burla, de humillación o de exclusión sistemática, esa mirada del Otro deja de ser sostenedora y se vuelve persecutoria. El acoso no es solo violencia externa: es una insistencia significante que fija al sujeto en un lugar mortífero. Es una voz que dice: "eres eso”, “no vales”, “sobras” y que, con el tiempo, puede ser incorporada como verdad íntima. En muchos casos, el niño acosado no puede simbolizar lo que le ocurre. No encuentra palabras para decirlo, o no encuentra un Otro que pueda escucharlo sin minimizar, sin moralizar, sin devolverle frases hechas. El silencio se instala. Y allí donde el significante falla, el cuerpo habla. La angustia, la inhibición, los síntomas somáticos o las conductas de riesgo aparecen como intentos desesperados de tratamiento de un exceso pulsional que no encuentra vía de elaboración. Si a esto agregamos conflictos familiares como los divorcios o las guerras entre los padres por la custodia, las cosas se complican. Por ello, el suicidio, en este contexto, no debe leerse como un deseo de morir, sino como un deseo de cesar. Cesar el dolor psíquico, cesar la exposición a una escena en la que el sujeto ha quedado fijado como objeto desechable. En términos freudianos, puede pensarse como una vuelta de la agresividad contra el yo, una identificación con el objeto odiado, o incluso como una respuesta radical frente a la imposibilidad de separarse del lugar que el Otro le asigna. El discurso contemporáneo, obsesionado con la prevención entendida como control, suele pasar por alto algo esencial: no hay escucha sin tiempo. No hay prevención sin un espacio donde el niño pueda hablar sin ser interrumpido por diagnósticos apresurados o soluciones técnicas. El psicoanálisis insiste en esto: más que corregir conductas, se trata de restituir al sujeto su lugar de hablante. Allí donde alguien puede decir “esto me pasa”, algo del empuje a la muerte puede ceder. El acoso escolar no mata solo por lo que hace, sino por lo que calla alrededor: adultos que no ven, instituciones que banalizan, padres que miran hacia otro lado. Frente a esto, la responsabilidad no es solo educativa o sanitaria, sino ética. Escuchar a un niño sufriente no es consolarlo ni fortalecerlo a la fuerza; es reconocer que su sufrimiento tiene sentido, que no es exageración ni debilidad, y que merece ser tomado en serio. Pensar el suicidio en menores desde el psicoanálisis implica, en última instancia, aceptar algo incómodo: que no todo puede prevenirse con protocolos, pero que mucho puede evitarse si no dejamos solos a quienes aún están aprendiendo a existir en la mirada del Otro. Allí donde hay palabra, hay posibilidad de vida. Allí donde solo queda el silencio, el riesgo se vuelve extremo.

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