Familias cautivas
Cristina Jarque
En All Her Fault (Prime 2026) la traición aparece como una operación silenciosa, estructural, casi cotidiana. Sentí especial desprecio por la figura del padre de Josephine (abuelo de Mylo) ya que encarna una forma de violencia que no necesita alzar la voz para devastar: la traición que se ejerce desde el lugar de la autoridad moral. No traiciona solo a su hija; traiciona una función. En lugar de sostener, despoja. En lugar de proteger, se apropia. Su falta no es un error puntual, sino una lógica: antepone su propio deseo (su imagen, su poder, su narrativa) al bienestar psíquico de la hija y, por extensión, al de su nieto (Mylo). La herida se transmite porque no se nombra. Lo no dicho se hereda. Josephine queda atrapada en esa traición primaria que Freud ya señalaba como devastadora cuando proviene de quien debía garantizar el amparo. No se trata únicamente de una decepción afectiva, sino de una fractura del orden simbólico: el padre que debía introducir la ley se sitúa por fuera de ella. Así, Josephine no solo pierde un padre, pierde un marco de confianza en el mundo. Su maternidad queda marcada por esa fisura originaria; Mylo nace ya en un campo minado por silencios, culpas desplazadas y lealtades imposibles. Después aparece Peter, otro hombre sumilar al padre de Josephine. En la estructura posesiva de Peter, el hijo no es un sujeto, es un objeto de restitución narcisista. Mylo no existe por sí mismo, existe para colmar una falta. Lacan lo diría sin rodeos: el niño es capturado como objeto a, como aquello que viene a taponar el agujero del deseo del Otro. Esta posesión no se presenta necesariamente como brutal; a veces se disfraza de cuidado, de protección excesiva, de amor incondicional. Pero es precisamente ahí donde se vuelve más peligrosa. El amor que no tolera la separación es un amor que devora. Peter no permite a Mylo diferenciarse, no soporta que el hijo tenga un deseo propio. “Eres mi hijo” funciona como sentencia: no puedes salir de mí, no puedes ir más allá de lo que necesito que seas. La serie muestra con crudeza cómo la traición de estos hombres son engranajes de una misma maquinaria transgeneracional. Donde uno traiciona, el otro captura. Donde uno abandona simbólicamente, el otro asfixia. Mylo queda así atrapado entre dos violencias que se presentan como opuestas, pero que comparten la misma raíz: la imposibilidad de reconocer al otro como sujeto. Esta historia habla de culpas individuales, de estructuras familiares que producen daño mientras se narran a sí mismas como inevitables. La verdadera falta no es un acto concreto, sino la repetición de un modelo en el que el hijo nunca es libre, porque siempre pertenece a alguien. Y cuando un niño pertenece, deja de ser. Me ha gustado mucho la sororidad entre mujeres que, definitivamente, tiene función de esperanza.

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