Cabeza de turco
Cristina Jarque
La expresión cabeza de turco se utiliza para nombrar a la persona sobre la que se descargan culpas, fracasos y tensiones colectivas. Su origen remite a épocas de conflicto entre Occidente y el Imperio Otomano, cuando el “turco” era construido como figura del enemigo y convertido en objeto de hostilidad, proyección y castigo. No importaba el individuo concreto: lo esencial era que alguien encarnara aquello que el grupo necesitaba rechazar. Este mecanismo encuentra un antecedente más antiguo en la figura del chivo expiatorio, descrita en textos bíblicos. En ese ritual, la comunidad depositaba simbólicamente sus culpas, errores y conflictos sobre un animal que luego era expulsado al desierto. El chivo no era culpable. Simplemente cargaba con lo que el grupo no podía o no quería asumir. Ambas figuras nombran una misma lógica: la necesidad de un sistema de localizar el malestar en un solo cuerpo para preservar una sensación de orden. Dentro del sistema familiar, la cabeza de turco es aquel miembro sobre el que recaen tensiones, conflictos y afectos no elaborados que la familia no logra (o no desea) reconocer como propios. Ese lugar no se ocupa por azar. Suele ser quien percibe lo que otros niegan, quien cuestiona lo establecido o quien, por su sensibilidad, deja al descubierto aquello que el sistema prefiere silenciar. Al convertirlo en “el problema”, la familia mantiene una apariencia de equilibrio. El conflicto queda concentrado en una sola persona y así se evita una revisión más profunda de las dinámicas familiares. Generalmente se ke margina y se le despoja. Crecer en ese lugar deja huellas persistentes: culpa constante, desconfianza en la propia percepción, carga emocional, baja autoestima, tendencia a la soledad, conflictos en las relaciones sociales y una sensación duradera de no ser suficiente. Freud advierte que «el yo no es dueño en su propia casa», subrayando que gran parte de lo que se actúa en los vínculos responde a procesos inconscientes. En la figura de la cabeza de turco, esta lógica se vuelve evidente: aquello que no puede ser reconocido por el grupo retorna proyectado sobre uno solo. Con el tiempo, la herida más profunda no es el señalamiento externo, sino la interiorización de ese relato. Um tratamiento psicoanalítico puede lograr que el sujeto en cuestión reconozca que muchas de esas cargas no eran propias, que ocupar ese lugar no fue un fracaso personal, sino una función dentro del entramado familiar. El sujeto comprende que era quien hacía visible lo que no estaba siendo atendido. Por eso, tener la huella de ser la cabeza de turco o el chivo expiatorio, implica ser el reflejo de lo que la familia no podía asumir. Es muy difícil ser lo insoportable para la familia.

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