Cuando el pueblo quiere sangre
Cristina Jarque
El Caso Alcàsser fue un feminicidio que reveló la violencia estructural contra las mujeres jóvenes y la fragilidad de su protección social. Sin embargo, la respuesta mediática añadió una violencia más, el morbo. La explotación del horror, la repetición de los detalles y la conversión del crimen en espectáculo no ayudaron a comprender ni a prevenir, sino que banalizaron el dolor. Este caso nos permite reflexionar sobre el circo mediático. A finales de 1992 y principios de 1993, en España no se hablaba de otra cosa. Miriam, Toñi y Desirée desaparecieron en Alcàsser el 13 de noviembre de 1992. Eran tres adolescentes que iban a una discoteca haciendo autostop. Tras 75 días de búsqueda, sus cuerpos fueron hallados el 27 de enero de 1993 en un paraje de Tous. La investigación concluyó secuestro, violación y asesinato. Antonio Anglés fue señalado como principal autor y sigue desaparecido. Miguel Ricart fue condenado en 1997 y salió en libertad en 2013 por aplicación de beneficios penitenciarios (Doctrina Parot). Este caso fue el nacimiento de un circo mediático que convirtió el dolor en espectáculo y la sospecha en mercancía.
En ese escenario, el pensamiento de Yolanda Laguna en Levante-EMV resultó incómodo y casi solitario. Mientras otros medios alargaban el relato hasta el agotamiento moral (lo que en España llaman telebasura) ella insistía en la prueba, el sumario, lo que puede decirse sin fabular. Desde 1997, España entró en una fase morosa de lo que hoy en día llamamos "fake news", son noticias que están basadas en la repetición infinita de la duda. El caso no debía cerrarse, debía durar. Cuanto más se prolongaba el horror, más rentable resultaba. Laguna se opuso a esa lógica señalando la ausencia de pruebas y denunciando las tramas inventadas.
Por ello recibió insultos y presiones (el precio de no alimentar el deseo de la morbosidad colectiva).
Freud lo formuló con crudeza: “el deseo reprimido encuentra siempre caminos sustitutivos para satisfacerse”. El sensacionalismo fue ese camino (una satisfacción disfrazada de búsqueda de verdad). Alcàsser no terminó porque nunca se quiso que terminara.
Pensarlo hoy desde esta periodista es una advertencia (cuando la sospecha se convierte en espectáculo, la verdad deja de importar). Este caso marcó un antes y un después en la televisión española. Se instauró el tratamiento del crimen como espectáculo (platós, reconstrucciones, teorías sin pruebas, exposición de familias). Desde entonces, el suceso se convirtió en modelo de true crime moroso, donde el relato nunca se cierra y la sospecha se recicla como entretenimiento. Alcàsser inauguró una forma de consumo del horror que aún persiste.

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