El alsto precio de la libertad (por Cristina Jarque).

 

El alto precio de la libertad
Cristina Jarque
Renunciar no es perder. Renunciar, en ciertos momentos de la vida psíquica, es el acto más radical de ganancia subjetiva. El problema es que la libertad nunca se obtiene gratis: exige siempre un pago, y ese pago suele tomar la forma de una pérdida que duele, que escandaliza, que deja al sujeto sin coartadas morales frente a los otros. La renuncia al dinero del padre no es una cuestión económica, sino libidinal. El dinero heredado, otorgado o administrado bajo la sombra del padre tirano, no es neutro: es un lazo. Un lazo que ata, que infantiliza, que exige obediencia a cambio de protección. Aceptar ese dinero es aceptar la prolongación del poder paterno en la vida adulta. Renunciar a él implica atravesar una angustia profunda: la de quedar sin garante, sin red, sin el Otro que responde. Pero solo en esa caída se produce algo esencial: la posibilidad de desidentificarse del hijo sometido y devenir sujeto responsable de su propio deseo. Lo mismo ocurre con la renuncia al amor de una familia tirana. La familia puede funcionar como refugio o como aparato de captura. Cuando el amor está condicionado (“te quiero si eres como espero”, “te sostengo si no te sales del guion”) ese amor no es tal, sino una técnica de control. Renunciar a ese amor supone aceptar una herida mayor: la de no ser querido por quienes “deberían” querer. Sin embargo, el psicoanálisis muestra que sostener un falso amor para no perder pertenencia tiene un costo psíquico altísimo: inhibición, culpa crónica, sometimiento del deseo, enfermedad, sufrimiento. La libertad comienza cuando el sujeto puede decir: prefiero el desamparo a la mentira afectiva. También hay renuncias que se inscriben en lo social. Abandonar un país no es solo cambiar de geografía; es romper con una trama simbólica que ordenaba la identidad. Cuando una sociedad somete (por clase, por género, por violencia simbólica o real), quedarse equivale muchas veces a consentir la alienación. Irse implica cargar con el duelo del idioma, de la historia compartida, de los rituales conocidos. El exilio, incluso el elegido, deja marcas. Pero también abre un espacio para reinscribirse de otro modo, para no ser únicamente el producto de una maquinaria social que aplasta la singularidad. La renuncia más insoportable (y por eso la más condenada) es la renuncia a un hijo. Aquí el escándalo moral es inmediato. Ana Karenina (que me inspiró para dar voz a uno de mis monólogos femeninos) no pudo hacerlo: no pudo dejar a su hijo para huir del matrimonio que la asfixiaba, y esa imposibilidad fue uno de los nudos que la condujeron a la destrucción. El mandato materno absoluto (“una madre no abandona”) desconoce una verdad incómoda: una mujer atrapada, anulada, sin deseo, no es una buena madre, aunque permanezca físicamente junto al hijo. En ciertos casos extremos, dejar al hijo con el padre no es abandono, sino una forma trágica de supervivencia psíquica. El precio es enorme: culpa, estigmatización, duelo. Pero la alternativa puede ser la muerte subjetiva (o literal) de la madre. Freud fue claro en este punto, aunque resulte incómodo recordarlo. En El malestar en la cultura advierte que la libertad no es compatible con la seguridad total y que toda conquista de libertad implica una renuncia a las protecciones anteriores. Parafraseándolo, podría decirse que el ser humano debe pagar un alto precio por cada porción de libertad que arranca a los lazos que lo sujetan. No hay emancipación sin pérdida, ni deseo sin separación. Renunciar al dinero, al amor familiar, a un país, a un hijo incluso, no es un ideal ni una consigna. Es, en algunos destinos singulares, la única salida para no quedar aplastado por una tiranía que se disfraza de cuidado, de tradición o de deber moral. La libertad no promete felicidad; promete algo más austero y más radical: la posibilidad de no traicionarse. Y eso (como nos lo enseñó Freud) siempre cuesta caro.
 

 

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