Melancolía en escena (por Cristina Jarque)


 

Melancolía en escena
Cristina Jarque
Valor sentimental, además de conmoverme en mi fibra más íntima, me ha recordado a Lacan en aquello de que, en relación al inconsciente, el artista siempre lleva la delantera. Esta maravillosa película noruega, dirigida por Joachim Trier (2024) tiene varias nominaciones al Óscar. Es una historia que está atravesada por una melancolía heredada, casi como una sustancia invisible que pasa de una generación a otra sin necesidad de palabras. No es una tristeza espectacular ni ruidosa, sino una melancolía sorda, persistente, que se instala en los cuerpos y en los silencios familiares. En el origen está la abuela: su suicidio no aparece solo como un hecho trágico, sino como un enigma que queda abierto para siempre. La pregunta que (a nivel inconsciente) se formula el hijo es, ¿por qué se suicidó mi madre? Aquel hijo de 7 años (convertido ahora en un hombre de 70) no busca tanto una causa objetiva sino una respuesta afectiva más devastadora: yo no fui suficiente. Ese “no haber sido suficiente” se convierte en un núcleo melancólico que organiza su vida. Freud decía que en la melancolía la pérdida no puede ser claramente nombrada; no se sabe exactamente qué se perdió. Aquí, la pérdida de la madre no se elabora como duelo, sino como culpa. El hijo queda atrapado en una identificación inconsciente con esa madre que se fue, y esa identificación lo incapacita para ocupar su lugar como padre. No porque no quiera a sus hijas, sino porque está demasiado habitado por la ausencia, demasiado lleno de una pregunta sin respuesta. La melancolía no se transmite como un relato, sino como una posición subjetiva. Él no logra estar con sus hijas, del mismo modo en que siente que su madre no estuvo con él. La cadena se repite. Y es Nora, la hija mayor, quien encarna con más claridad esa herencia afectiva. Su melancolía no es solo propia; es una melancolía recibida, una tristeza que parece anterior a ella misma. Nora carga con algo que no le pertenece del todo, pero que la habita. En este contexto, el papel que Nora interpreta funciona como un dispositivo simbólico decisivo. No es casual que sea a través de la ficción que algo pueda empezar a moverse. Interpretar un papel le permite a Nora poner en escena lo que en la vida familiar permanece mudo. El escenario crea una distancia: no se trata ya de ser la hija melancólica, sino de representar una emoción, un conflicto, un dolor. Esa distancia es terapéutica. Le permite apropiarse de su tristeza sin quedar completamente absorbida por ella. Al mismo tiempo, el padre puede mirar a su hija desde otro lugar. Ya no solo como prolongación de su fracaso, sino como un sujeto que crea, que habla, que transforma el dolor en forma. En ese gesto se abre una posibilidad de reconciliación. No una reconciliación idealizada ni total, sino una mínima: la de reconocerse mutuamente en la herida. El padre puede empezar a ver que la melancolía de Nora no es una acusación, y Nora puede intuir que la ausencia del padre no fue desamor, sino incapacidad. ¿Ayuda entonces a Nora interpretar ese papel para sanar y reconciliarse con su padre? Sí, en la medida en que el arte permite lo que la vida cotidiana no logra: simbolizar la pérdida, darle forma, sacarla del cuerpo y ponerla en palabras o en gestos. No borra el suicidio de la abuela ni responde definitivamente a la pregunta del hijo, pero introduce algo nuevo en la repetición: la posibilidad de un lazo distinto. En Valor sentimental, la melancolía no desaparece, pero deja de ser un destino cerrado y se convierte, al menos por un momento, en un lenguaje compartido.

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