Kintsugi: restaurar heridas.
Cristina Jarque
Como en el kintsugi, el psicoanálisis no oculta la fractura: la revela, la sigue, la escucha. Hay historias donde el corazón se fractura (por pérdida, traición o abandono) entonces hay que escuchar esa herida. Se trata de inscribir la grieta en la historia del sujeto. El oro, en esta metáfora, es la palabra. Una palabra trabajada, insistente, a veces dolorosa, que bordea lo indecible. En el dispositivo analítico, lo roto no se desecha: se articula. La herida deja de ser un agujero mudo para devenir trazo, marca, significante. De esa manera, el corazón no vuelve a ser el mismo (y en ello reside su potencia). Como la pieza reparada, deviene otra cosa: más singular, más verdadera. Cuando el corazón es escuchado, en algunos casos, los que llamamos casos afortunados, el corazón ya no está roto, sino que está, incluso más fortalecido, y más bello (como la cerámica del kingtsu) que antes de haberse fracturado.

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