El odio que restaura por Cristina Jarque

 

El odio que restaura.
Cristina Jarque
La película El extranjero (Filmin) inspirada en la obra de Albert Camus (dirigida por François Ozon) condensa en su escena final una verdad que, personalmente, me ha inspirado mucho. Es el hecho de que lo que salva a Meursault, es la irrupción de su propia rabia, el odio. Actualmente estoy muy interesada en trabajar esta pasión humana, sobre todo, porque la sociedad actual intenta enterrar el odio y enfocarse en el perdón. No obstante, en muchas ocasiones, vemos que negar el odio provoca que se retorne hacia el sujeto. Cuando Meursault estalla contra el cura, rechazando el consuelo impuesto, algo se rompe, pero al mismo tiempo se libera. En esa violencia verbal, en ese “no” radical, encuentra una forma inesperada de paz. Freud escribió: “Las emociones no expresadas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde de peores formas”. Meursault, que ha vivido en una anestesia afectiva, descubre en ese arrebato final que la indiferencia no era ausencia de afecto, sino su represión. No sentía “nada” porque sentir implicaba entrar en el juego de los otros: la moral, la culpa, el sentido, la esperanza. Su famosa indiferencia es una posición frente al absurdo. Nada importa porque nada tiene un sentido previo. La muerte de su madre, el amor, el crimen: todo ocurre en el mismo plano opaco. Sin embargo, en el instante en que grita, en que rechaza la mentira del consuelo religioso, emerge un deseo: el de ser fiel a su propia verdad, aunque sea una verdad sin sentido. Esa rabia, ese odio, le da paz porque lo reconcilia con lo único que le pertenece: su experiencia. No hay redención, pero hay coherencia y por lo tanto, hay restauración. Por eso sonríe. En ese gesto final, Meursault deja de ser indiferente para volverse, por fin, radicalmente presente.




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