Maternidades perturbadoras por Cristina Jarque.

 

Maternidades perturbadoras.
Cristina Jarque
La película If I Had Legs I’d Kick You (2025), dirigida por Mary Bronstein y protagonizada por Rose Byrne, es una exploración radical de la maternidad que estresa. Linda es una mujer atrapada en una maternidad que se ha reducido a una función absolutamente agotadora. Me resultó interesante que Linda sea psicoterapeuta ya que su propia psique se encuentra al borde del colapso. Su hija padece un trastorno alimentario severo y depende de una sonda gástrica para sobrevivir. Cada noche, la madre debe conectar la máquina que introduce alimento directamente en el estómago de la niña. Ese gesto repetido (mecánico, clínico, nocturno) reemplaza cualquier forma de vínculo afectivo. La maternidad se vuelve una tarea técnica y hospitalaria. La hija aparece como un cuerpo que hay que mantener con vida, no como un sujeto con quien establecer una relación. La película construye una atmósfera de asfixia progresiva. El marido está ausente, el apartamento se derrumba, madre e hija terminan viviendo en un motel miserable, y la protagonista comienza a dormir cada vez menos. La privación de sueño, el alcohol y el estrés producen una progresiva disolución de la frontera entre realidad y alucinación. El mundo exterior parece desmoronarse al mismo ritmo que la mente de Linda. Podemos decir que la niña encarna aquello que Freud llamaría el “objeto de obligación absoluta”: el hijo que no puede ser abandonado, pero que tampoco puede ser deseado. La maternidad se convierte entonces en una forma de cautiverio. El título mismo (“Si tuviera piernas te patearía”) sugiere un fantasma de agresión reprimida: el deseo imposible de expulsar al hijo que depende totalmente de la madre. Quuzá el momento más perturbador llega hacia el final. Linda, agotada y desesperada por el sonido constante de la máquina de alimentación, retira la sonda del estómago de la niña mientras esta duerme. Durante unos segundos parece que el agujero en el abdomen se cierra “mágicamente”, como si la herida desapareciera. Pero esa curación es solo una percepción delirante de la madre. En realidad, la niña comienza a sangrar y se despierta aterrada. Aquí surge la pregunta que muchos espectadores se hacen: ¿la hija muere? La película no lo afirma explícitamente. Lo que sí queda claro es que Linda ha puesto en peligro real la vida de la niña. El gesto de retirar la sonda es un acto ambivalente: puede interpretarse como un intento inconsciente de liberarse del peso de la maternidad, incluso si eso implica la muerte de la hija. Otra duda frecuente es si la hija es una alucinación. No lo es. Dentro del universo narrativo de la película, la niña existe realmente. Lo que ocurre es distinto: la percepción que la madre tiene de ella está profundamente distorsionada. Durante casi toda la película no vemos el rostro de la niña. La directora explicó que esto se debe a que Linda no puede verla como una persona completa, sino solo como una carga que la aplasta. El rostro de la hija aparece recién al final, cuando Linda, tras intentar ahogarse en el mar, tiene una especie de colapso psíquico. En ese momento la niña se inclina sobre ella y la llama. Es la primera vez que la madre parece reconocerla como sujeto. El final, por tanto, no resuelve la historia de forma realista; funciona más bien como una escena psíquica. Después de haber fantaseado con la desaparición de su hija, Linda se enfrenta a la imposibilidad de escapar de ese vínculo. La maternidad no es aquí redención ni ternura: es un lazo que puede volverse insoportable, pero que tampoco puede romperse sin destruir al sujeto. La película plantea así una idea incómoda: el amor materno no es natural ni automático. Puede degradarse en resentimiento, en culpa, incluso en violencia. Y cuando eso ocurre, lo que aparece no es la imagen sagrada de la madre, sino la figura trágica de una mujer atrapada en un vínculo del que ya no puede salir.
 

 

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