Familias que asfixian (por Cristina Jarque)

 

Familias que asfixian
Cristina Jarque
Thelma es una película noruega dirigida por Joachim Trier y estrenada en 2017, disponible en Filmin, que puede leerse como un relato clínico sobre el destino de los deseos inconscientes cuando han sido sofocados bajo una educación rígida, moralizante y profundamente temerosa de la pulsión. Thelma es una joven criada en el seno de una familia aparentemente amorosa, pero estructurada por un control absoluto del cuerpo, del pensamiento y, sobre todo, del deseo. La represión no se ejerce aquí mediante la violencia explícita, sino a través de la vigilancia constante, la religión, el silencio y la medicación de lo que no encaja. El deseo (en particular el deseo sexual) no tiene lugar simbólico donde inscribirse. No puede ser nombrado, pensado ni elaborado. Y cuando el deseo no encuentra palabra, retorna en el cuerpo. Las crisis que sufre Thelma no son simples episodios neurológicos ni fenómenos sobrenaturales aislados: son la puesta en escena de un conflicto psíquico no tramitado. El inconsciente irrumpe de forma violenta porque ha sido negado. Freud lo formuló con claridad: «La represión no impide el retorno de lo reprimido». En la película, ese retorno adopta una forma extrema y destructiva, porque nadie enseñó a Thelma a desear sin culpa. Joachim Trier construye así una metáfora poderosa de lo que ocurre cuando los padres no respetan el deseo de sus hijas. No se trata solo de prohibir, sino de borrar la posibilidad misma de que ese deseo exista. Esto hace pensar en muchas familias españolas donde hablar de deseo sexual sigue siendo un tabú. Cuando los padres deciden qué debe sentirse, a quién debe amarse o cómo debe vivirse el deseo sexual en el cuerpo, el resultado no es la obediencia tranquila, sino la catástrofe psíquica. El amor parental se vuelve entonces una forma de posesión y la protección, una cárcel. Thelma muestra que el deseo reprimido no desaparece: se desplaza, se deforma y puede volverse mortífero. La película propone una advertencia. Allí donde el deseo es negado, el sujeto queda a merced de fuerzas que ya no controla. Y lo que no fue escuchado en la palabra acaba gritando desde el síntoma.
 

 

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