El escéptico en el diván
Cristina Jarque
Montaigne (1533-1592) inaugura en la modernidad una forma de escepticismo que no implica renunciar al saber, sino desconfiar de toda certeza absoluta. En sus Ensayos, el filósofo se vuelve hacia sí mismo para descubrir la inestabilidad que habita al sujeto. Su célebre "Que sais-je?" es solo una duda intelectual y una posición ética: reconocer que el yo no es un territorio completamente conocido. Para Montaigne, examinarse es una práctica de libertad, ya que permite al sujeto distanciarse de los dogmas, de las pasiones que lo dominan y de las ilusiones de control sobre los otros. Sin embargo, este autoconocimiento no supone un dominio racional absoluto. Montaigne observa que el ser humano está atravesado por impulsos contradictorios y afectos que escapan al control voluntario. El sujeto no se posee del todo; más bien, se explora y se narra, como si la escritura fuera un intento de acercarse a aquello que siempre se le escapa. El psicoanálisis freudiano profundiza esta idea al afirmar que el yo no es amo en su propia casa. Freud introduce la noción del inconsciente como un campo lleno de deseos, conflictos y representaciones reprimidas que determinan la vida psíquica sin que el sujeto lo advierta. El tratamiento psicoanalítico permite confrontarse con esos contenidos inconscientes que orientan elecciones, repeticiones y síntomas. La cura analítica no busca eliminar los conflictos, sino producir un saber sobre la verdad singular que el síntoma encierra. Desde esta perspectiva, dominarse a sí mismo adquiere un sentido distinto al ideal clásico de autocontrol. El psicoanálisis no promete un sujeto soberano que controle sus pulsiones, sino un sujeto que reconoce la división que lo habita. Como plantea Lacan, el inconsciente está estructurado como un lenguaje, y el sujeto se encuentra atravesado por él. La experiencia analítica permite descubrir cómo el deseo no coincide con las intenciones conscientes. En este sentido, el psicoanálisis puede pensarse como una prolongación del gesto escéptico de Montaigne. Ambos desmontan la ilusión de un yo autosuficiente y muestran que la libertad no depende de una certeza absoluta sobre uno mismo. El análisis abre la posibilidad de advertir cómo ciertas elecciones responden a repeticiones inconscientes ligadas a la historia infantil o a identificaciones profundas. Reconocer estos determinismos permite al sujeto adoptar una posición distinta frente a ellos. La libertad que propone el psicoanálisis consiste en modificar la relación con aquello que nos determina. Así, el sujeto puede dejar de repetir de manera ciega ciertos guiones y comenzar a interrogarlos. En esa distancia entre lo que creemos querer y aquello que verdaderamente nos mueve, se abre una forma singular de libertad. Es la posibilidad de responder, aunque sea parcialmente, por la verdad inconsciente que nos habita.

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