Cuando la cachonda es ella.
Cristina Jarque
La serie Vladimir (Netflix) nos presenta a una mujer madura que siente un poderoso deseo sexual por un hombre más joven y además, casado. La historia nos enseña que el escándalo no es el deseo, sino quién desea. Durante siglos se ha tolerado que el hombre mire, persiga, insista. El deseo masculino es narrado como pulsión vital, como pasión inevitable. Pero ¿qué ocurre cuando es ella la que desea? Cuando es ella la que busca la salida para encontrárselo, la que espera un gesto, la que siente el cuerpo encenderse ante su presencia. Entonces la escena cambia de nombre. Si un hombre fantasea, es deseo. Si una mujer fantasea, aparece el juicio: es inapropiado, es indigno, es de cascos ligeros. La serie Vladimir toca ese punto incómodo. Porque lo que vemos no es simplemente atracción. Es la mirada de una mujer que desea activamente. Ella lo observa, lo interpreta, imagina encuentros. No espera ser elegida: es ella quien elige. Y ese gesto trastoca el orden simbólico. Freud lo formuló con su famosa pregunta:
“¿Qué quiere una mujer?” La respuesta nunca es absoluta pero esta serie nos dice que una mujer también puede querer un cuerpo. Puede desear verlo, acercarse, prolongar una conversación innecesaria, inventar un pretexto para coincidir. Puede sentir esa pulsión eléctrica que no pide permiso. El deseo femenino no es necesariamente romántico ni puro. Puede ser también físico, curioso, impaciente, loco, apasiinado. Y cuando aparece así, no es bien visto. Porque revela algo que la tradición ha intentado domesticar: que el deseo de una mujer también puede ser mirar con hambre, desear activamente. El personaje de Vladimir funciona entonces como un detonador. Él es el punto donde ella descubre algo de sí misma. Algo vivo, algo inquietante: la posibilidad de desear sin pedir autorización, sin pedir permiso. La cultura ha preferido durante siglos a las mujeres discretas y recatadas antes que fogosas y apasionadas. Pero cuando una mujer reconoce su deseo, cuando admite que también puede ser la que persigue, la que imagina, la que se excita ante la presencia de un hombre, algo se desplaza. Ya no es objeto de deseo sino que se convierte en sujeto del deseo. Que sea ella, la cachonda, es profundamente perturbador, incluso para ella misma.

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