Hermanas que encarcelan (por Cristina Jarque)

 

Hermanas que encarcelan
Cristina Jarque
Está considerada una de las películas más radicales y despiadadas de Ingmar Bergman, Prisión (Filmin, 1949), porque afirma que la vida, tal como está organizada, puede convertirse en una forma de tortura continua. Desde su célebre planteamiento inicial (la hipótesis de que el mundo está gobernado por el diablo), la película instala al espectador en una atmósfera donde existir equivale a resistir un sufrimiento que no promete sentido. Brigitta encarna ese padecimiento llevado al límite. Joven, explotada como prostituta, despojada de todo amparo simbólico, vive atrapada en una prisión que no tiene barrotes visibles, pero sí cuerpos que dominan, vigilan y humillan. La casa del proxeneta (Jack) y la presencia cruel de la hermana constituyen un encierro psíquico absoluto: no hay salida, no hay palabras que la salven, no hay ley que la proteja. Bergman no filma el abuso de manera explícita; lo vuelve más insoportable al hacerlo cotidiano, estructural, normalizado. El mal no es un exceso, es el clima. La película me ha estremecido porque esa normalización de la crueldad nos pone en contacto con lo que ocurre en nuestra sociedad actual. Birgitta vive en un mundo donde su vida no le pertenece, donde su cuerpo es mercancía y su maternidad un estorbo. Cuando el bebé nace, la hermana (coludida con Jack) se lo quitan y lo asesinan porque ellos quieren seguir explotando a Birgitta, y la prostitución no es compatible con la maternidad. Birgitta encontrará como única salida el suicidio. En ese contexto, el suicidio es la consecuencia de una subjetividad aplastada. Aquí Bergman se aproxima de manera inquietante a una idea freudiana formulada en Duelo y melancolía, cuando Freud escribe: “La sombra del objeto cae sobre el yo”. En Birgitta, el objeto persecutorio (la violencia, el abuso, la mirada del otro) se ha interiorizado hasta confundirse con su propia existencia. Ya no hay distancia posible entre ella y aquello que la destruye. La prisión es la forma misma de su vida. La hermana es la encarnación de un sistema que reproduce el mal sin necesidad de justificación, y Jack es la ley pervertida que organiza ese infierno. Frente a ellos, Birgitta no puede elaborar el dolor, no puede simbolizarlo, no puede transformarlo. Solo queda el acto final como salida muda ante lo insoportable. Bergman deja al descubierto una idea profundamente trágica: que hay vidas para las que el sufrimiento no es una etapa, sino una condición permanente. Prisión no ofrece consuelo ni esperanza; ofrece una verdad incómoda y feroz sobre la vulnerabilidad humana cuando el mundo mismo se convierte en una celda sin llaves. Me surge una pregunta: ¿qué responsabilidad tiene una sociedad que empuja a vivir sufriendo cruelmente hasta el punto en que la muerte parece ser la única salida?
 

 

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